Te odié tanto
No soy un tipo que pueda prescindir de sus enemigos. Siempre necesité de alguien a quien odiar, de un ser contra el cual luchar, de una personificación de todo lo que está mal en este puto universo. Es mucho más fácil luchar por mis ideales si existe una antítesis de ellos en una persona concreta, a mi alcance. Engañándome a mi mismo creo que, de vencer a ese maldito bastardo, estoy venciendo al sistema mismo. Es mentira, claro, pero alcanza.
Tener enemigos me ha resultado tremendamente útil, al contrario de lo que muchos puedan pensar. No cualquiera puede tener un enemigo autodeclarado. Hay que tener huevos, porque una vez que el odio comienza a hacerse presente, no habrá descanso hasta que esa persona vuelva arrastrándose al agujero de donde salió. Y eso significa eterna evolución y autosuperación. Con el tiempo, incluso, me gusta hacerles notar que se las tengo jurada, que voy a por su culo. Espero, entonces, que ellas también se dediquen a mejorar, obligándome a mi a mejorar más. Y así la cosa se retroalimenta, es un círculo virtuoso. Una simbiosis perfecta para los que van detrás de la superación.
No quiero pecar de hipócrita. No puedo decir que no haya tenido enemigos por el sólo hecho de tenerlos. Desde chico que soy intolerante e impaciente, que no me banco la estupidez. Con el tiempo le tuve que buscar alguna utilidad, alguna excusa, y aquí la tienen. Pero pasó más tiempo y la cosa se me fue desvirtuando un poco. Ahora los necesito, necesito odiar. Y odio, oh sí que odio, odio mucho. Es terapia, me digo, pero me miento. Es lo que hay, lo que la costumbre adoptó como rasgo involuntario de mi comportamiento, haya o no razón, haya o no superación. Aún sigo odiando voluntariamente, por las razones antes descriptas. Pero, de tanto en tanto, en los lugares donde no tengo que, ni necesito superarme, encuentro algún chivo expiatorio a quien odiar. En el bar al que voy todos los días, ese alguien es Vicente. Maldito Vicente.
Vivo solo, y mis necesidades -por lo general- se sacian con poco dinero y una mínima inversión de tiempo. Un café con leche con un tostado a la tarde y una cena a la noche me son suficientes para vivir (lo que no explica el porqué de mi panza). A la tarde, en el bar, no tengo problemas. Está Eduardo y con Eduardo me llevo bien. Es un mozo eficiente, siempre de buen humor, siempre solícito. Me relajo, entonces, disfruto mi desayuno/almuerzo/merienda y me leo algunas páginas del libro de turno. Cuando a la noche me pica el hambre, tengo dos opciones: 1) llamo al delivery, 2) voy al bar. Como vivo todo el día encerrado trabajando, la primera opción no siempre es la más deseable, necesito salir, tomar aire, caminar un par de cuadras y ver que el mundo sigue rodando. El problema, señores, es que a la noche está Vicente, mi odiado Vicente.
Vicente es un tipo entrado en años, flacucho, morochón de pelos canos, medio encorvado y de mirada poco inteligente. Es el único mozo a la noche, y lo odio. Desde que voy a ese bar que lo odio. Todos los días es lo mismo con el tipo. No da pie con bola, y me voy siempre enojado. Es inservible y debería morirse e ir al infierno donde la salvación es pedida a la carta por un mozo que te hace esperar eternamente. Debería consumirse de hambre, mientras alguien le está preparando, por siempre, el banquete más suculento del mundo. Ay, sí, sí, lo odio.
Hoy, por ejemplo, me senté con un libro que acababa de empezar y demoró no menos de 10 minutos en traerme la carta. Y comencé a ponerme nervioso. Cuando me decidí, lo llamé. Y me vio, yo sé que el hijo de puta me vio, estaba paradito como muñequito de torta apoyado en la barra, pero se hizo el boludo y no vino hasta unos dos minutos después de que lo había llamado. Yo ya masticaba bronca. Le dije: -Traéme un menú 3 (arroz con pollo, con la bebida, el pan y el café incluido). Y el tipo, Vicente, gesticuló un sí y se comenzó a ir. -¡Vicente!,- le grité, tomándolo del brazo. -Esperá, traéme Coca Light con el menú. Y Vicente me miró con esos ojos carentes de inteligencia, como si le hubiera insultado a la madre.
–Es Coca de máquina –me dice.
–Está bien, Vicente, Coca Light de máquina.
–Es que el menú viene con Coca de máquina –repite.
–No hay problema, Vicente. Traéme de máquina.
–Pero la máquina no tiene Coca Light –me dijo, casi indignado–. Le puedo traer botella, pero es más cara.
Lo miré con odio y asentí. ¡Y el hijo de puta se estaba volviendo a ir!
–¡Vicente! –le grité.
Pero Vicente se había ido, y bien sabía yo que el hijo de las re mil putas me había escuchado. Siempre hace eso, uno no termina de ordenar, que el tipo ya está en otro lado.
Entonces me paré y lo seguí. Vicente se siguió haciendo el boludo hasta que estuve al lado.
–Deciles a los de la cocina que no me pongan pechuga, por favor. Y llevame la Coca ahora, que ando con sed.
Vicente me miró, asintió y... ¡se fue a atender a unos QUE RECIEN HABÍAN LLEGADO! Farfullando por lo bajo volví a mi mesa, y me enrosqué en la apasionante Sicarios del Cielo, Premio Minotauro 2005. Al rato, Vicente irrumpió con el plato de arroz y una Coca de máquina. Una Coca que, de seguro, no era Light.
–Vicente –le dije–. Coca Light te había pedido.
–Pero en el menú viene de máquina –me contestó sin ponerse colorado.
Iba a decirle algo, lo juro, pero estaba ya muy cansado y me contuve. Entré en clima, el arroz se veía ciertamente suculento, y pudo más el estómago que el odio. Busqué la sal... ¿Y la sal? ¿Dónde estaba la sal?
–¡Vicente! –grité.
Vicente me miró y yo le hice una indicación con la mano derecha, con el dedo anular y el índice que se movían arriba y abajo, como tratando de simular un salerito que tira sal para todos lados. Vicente asintió. Pero la sal no apareció hasta que terminé el plato de arroz. Y a esa altura ya no me importaba tener que comer la pechuga fea sin sal, con una Coca de máquina que no me había llegado antes del plato, porque me había llenado de odio. Y ahí fue cuando entró la dueña del bar, la gordita simpática que me hace los tostados a la tarde y con la que tengo cierta confianza. Ese hijo de mil puta me las iba a pagar todas juntas. Lo iba a dejar sin trabajo, por esta y por todas las noches que me había hecho lo mismo. Vicente iba a morir, y saboreé más ese momento que el arroz con pollo desabrido y todos los tostados que me había hecho la gordita por las tardes. Oh sí, ya podía olerlo.
–Laura –la llamé, levantando una mano.
Y lo juro. Laura me miró, en su mirada se dibujó el reconocimiento y comenzó a caminar hacia mí... en cámara lenta. Tal cual en las películas, lo juro. El mundo transcurría con delay, mientras mi cerebro funcionaba en tiempo real. Fue tal cual. Y, por alguna razón, miré a Vicente. Y lo que vi hizo que mi odio desapareciera por completo. Vi su vida sin ese trabajo, y lo vi en un cuarto chiquito, sentado en una cama desarreglada, en calzoncillos y musculosa, mirando ausente una pared verde resquebrajada. Tenía las piernas cruzadas, con un pie encima de otro, y las manos juntas sobre la falta. Flaquito, sólo y dispuesto a morir. Vi que no había malicia cuando otro tipo le gritaba por qué se demoraba su plato. Había sólo miedo, porque Vicente no sabía cómo decirle que se había olvidado. Y vi afuera un tipo que se fue sin pedir nada, porque Vicente se había demorado demasiado en atenderlo. Y vi cómo la cajera vio a ese tipo irse, y miró enojada a Vicente. Y vi cómo Vicente se encogía ante todas las miradas, todas pendientes de él, todas queriendo algo, todas necesitando algo. Vicente hacía lo que podía. No era mal bicho, sólo boludo. Enjuto, humilde, pero ineficaz. Servicial a su manera, pero no lo suficiente para todos los demás. No lo suficiente para mí. ¿Y yo quién carajo soy?
Laura ya estaba encima mio, mirándome con expresión expectante.
–Se come muy bien acá –le dije.
Laura sonrió y me dio las gracias. Y Vicente me trajo un cortado, cortesía de la casa.
Fue el cortado más rico que jamás haya tomado.