No pretendo agradarles

Así que pueden confiar en mi

1.09.2006

Tradición familiar

La cosa tiene un sabor ácido. El negocio que siempre mantuvo a mi familia, parece, está pronto a ver su última generación de Ferzzolas. Y yo no me puedo decidir.

La historia se remonta años atrás, casi centurias, cuando mi abuelo conoció a mi abuela. Las cosas ya eran difíciles por aquel entonces, pero con trabajo se podía tener una linda vida (o al menos eso me han hecho creer). Resultó ser que el viejo Pepe se hizo con un dinero y pudo ponerse un local en Navarro, el pueblo que me vio nacer. Jose H Ferzzola e Hijos se terminaría llamando luego de las idas y las vueltas con un socio corrupto y cagador. José H. Ferzzola e Hijos comenzó vendiendo artículos para el hogar. Cocinas de leña, generadores, heladeras sin defrost y planchas a carbón. El Negocio, como lo conocemos cariñosamente los miembros de la familia, sobrevivió a lo peor de la economía argentina desde entonces, y siempre puso un plato de sopa en la mesa. Sí, hubo momentos dolosos. Yo recuerdo unos cuantos. Hubieron tiempos en que apenas teníamos para llevar lo puesto y comer el día. Pero los Ferzzolas sobrevivimos, nos reinventamos y seguimos adelante, con laburo y mucho sudor. Y por cada mal trago, hubieron decenas de momentos felices. El Negocio siempre nos sacó adelante, y la historia de toda mi familia está entreverada con la suya. Es imposible de separar. Imagínense, el Negocio está en una esquina. Al lado está mi casa. Y al lado de mi casa está la casa de mi fallecido abuelo Pepe y mi alegremente viva abuela Petisa. Y los fondos de los tres edificios están unidos. Todo. Mi casa con la casa de mis abuelos y con el negocio.
Cuando, por las tardes, hoy, mi viejo cierra el negocio, sale por detrás, deja las llaves en casa, y se va a comer a la casa de su madre, con el resto de la familia. Y siempre fue así. El Negocio siempre nos reguló la vida, las horas y la rutina. Cuando yo era chico, recuerdo que no almorzábamos a las 12, como todo el mundo, sino cuando se cerraba el Negocio. Y había que hacer silencio en las siestas, para que los que trabajaban en el Negocio estuviesen descansados para otras cinco horas de laburo. Irnos de vacaciones dependía del Negocio. ¿Cuánto nos había dado? ¿Cómo se podría hacer para no dejarlo sólo y desatendido? ¡El patio donde yo jugaba de pibe, matando hormigas, estaba lleno de mercaderías y heladeras para arreglar!
Realmente, es imposible imaginar mi vida sin esa esquina, que siempre fue un miembro más de la familia.

Cuando muere el viejo Pepe, José H., el negocio queda en mano de sus Hijos (mi padre y mi tío). Y comienza una nueva etapa. Resultaba que Pepe era reticente a modernizarse. No vendía en cuotas, no aceptaba tarjetas de crédito, ni traía cosas de la última tecnología. Sus hijos entran, y cambian eso. Y, desde ese día, y nuevamente a pesar de las vicisitudes económicas, el Negocio nunca, pero nunca, nos falló. Hoy disfruta de gran esplendor, vende muchísimo. Pero mi viejo y mi tío están cansados... y concientes de que, con ellos, muere Jose H. Ferzzola e Hijos. Mi tio (unico hermano de mi papá) nunca tuvo hijos, y mi hermana y yo somos los únicos que podrían continuar el legado. Y yo... bueno, yo soy la esperanza de continuar la tradición familiar. No puedo decir que haya hecho carrera, pero me va bien en lo mio. Estoy en una buena posición haciendo lo que me gusta. Vivo a 100 KM de Navarro, en un departamento que el Negocio ayudó a mantener, con estudios que el Negocio me pagó y electrodomésticos que conseguí gracias al Negocio. Pero no puedo decidirme. Siempre dije que quería algo más de mi vida, pero después de vivir muchas cosas, veo que la vida no tiene mucho más que ofrecerme. O, al menos, nada que no pueda hacer atendiendo el Negocio. Por el otro lado, no era exactamente el futuro que me tenía previsto. El día de mañana, con algún ahorro, quiero retirarme, vivir humildemente de rentas y hacer documentales, escribir novelas y artículos varios. Es el futuro que me estoy construyendo, de a poco, pero como puedo. Pero ese futuro no es compatible con el otro, y me desgarra la idea de dejar morir una tradición familiar, de matar a un miembro más de la familia. Yo soy la única esperanza, y realmente no sé que hacer. ¿Vuelvo al pueblo y atiendo el Negocio o sigo mis sueños? Tengo que decidirme pronto.