No pretendo agradarles

Así que pueden confiar en mi

10.12.2005

Snnamlleh

Cuento ganador de una Mención de Honor en el Concurso
de Cuentos Cortos de Metrovías.
¡Yo quería dinero!

¿Será esto la muerte?
Mamá siempre decía que me iba a ir al infierno. Pero yo nunca me lo imaginé así. Creía que el diablo andaría de un lado para otro, picando culos de gente mala con su tridente pinchudo. No es que esto sea más lindo, pero como infierno es una decepción. Imágenes distorsionadas. Gigantescas caras borrosas. Enormes sonrisas macabras. Ojos curiosos…
¿Qué ven? ¿Eh?
¡Ja! Ya les daría yo su merecido, si me pudiese mover. Solo un dedo, y aprenderían a no andar mirando todo el día.
Los oigo hablar pero no les entiendo nada. Ríen, la mayoría de las veces. Algunos lloran. Sí, escucho sus llantos contenidos. Una vez, recuerdo, una lágrima cayó ahí y yo la fui siguiendo con la vista. ¡Fue un día tan divertido!
Y esa palabrita. Apenas aprendí a leer en segundo grado, pero podría jurar que no quiere decir nada. Tal vez, si no me hubiese escapado siempre de la escuela para divertirme, sabría qué significa. Capaz que lo enseñaron cuando me fui a pescar ranas a las zanjas de la laguna o cuando crucé la vía para apedrear los vidrios de la fábrica abandonada. A lo mejor fue cuando me colé en el parque de diversiones. Tenía un circo y una gorda barbuda. Además, una vuelta al mundo y un tren fantasma. Y un payaso y un cuchillo.
Se apagan las luces, los murmullos se acallan. Aplausos. Risas. Voces. La música que hiela la sangre. ¿Estaré muerto? ¿Será este el infierno?
Más tarde, todo será silencio y oscuridad. Con la luz vendrán nuevos ojos, nuevas caras y nuevas voces. Todas distorsionadas, burlonas. Risas y algún otro llanto. Y yo sin poder mover ni un músculo. Eso sí, mientras que las caras, los ojos, las voces, las risas y los llantos suelen ser diferentes, hay algo que se mantiene siempre idéntico. Esa palabra que nunca aprendí a leer. Snnamlleh. Snnamlleh. Snnamlleh.

Marta había llevado a su hijo a la feria ambulante. Era el último día en el pueblo y ofrecían un descuento en la entrada. Gonzalo había sido feliz. Había ganado un osito al voltear latas con una pelota de trapo. Había andado en el tren fantasma y a la vuelta al mundo. Se había reído.
Luego de disfrutar a los trapecistas, a Pimba y Pombo, los payasos tontuelos, al mago Kazaam junto a algún que otro animal desgarbado, Gonzalo salió de la mano de su mamá de la gran carpa del circo, atracción final de la feria.
Caminando hacia la salida, justo pasando por La Tienda de los Fenómenos, el niño –todavía relamiendo una manzana azucarada– preguntó:
–¿Mamá, eso adentro del frasco de mayonesa era un nene?
–No, mi amor, es puro cuento eso... ¿quién va a ser tan enfermo de poner un nene en un frasco de mayonesa?
–Ah... como movía los ojitos y todo.

–¡Puro cuento! –dijo Marta, no muy segura.