La receta
El no era cirujano. Pero sí perverso y un poco enfermo. Ella… ella era ella, vos la conoces, y se había enamorado. Las mujeres hacen cosas locas por amor. No tenés que dudarlo.
Se habían conocido por Internet. Él buscaba una receta, ella alguien que la ayudara con su... ahem... problema. No me preguntes como, esas cosas nunca se saben con certeza, pero lo cierto es que se dieron cuenta que tenían intereses compartidos. Se encontraron en un bar, y poco a poco se entendieron. Se podían ayudar mutuamente, y estaban dispuestos a hacerlo. Eso, en un mundo como este, es todo un acontecimiento. Y no es mi lugar juzgar, ni el tuyo, ¿sabés? La gente hace cosas raras. Pero mientras no jodan a nadie, y sea para mejor… ¿por qué no? A tu abuela, por ejemplo, le gustaba meterles cosas por el culo a las vacas, cuando vivíamos en el campo. Decía que así se tranquilizaba. Y si se sacaba el tema, era para peleas. Así que la dejaba ser feliz. Una vaca no es un ser humano, viste.
La cuestión es que ellos dos, él y ella, quedaron en hacerlo. Ella pidió licencia en el trabajo, él compró lo que necesitaba. Zanahorias, ajo, apio, cebollas, una lata de conserva de tomate, tomates frescos, y alguna cosa más, que sé yo. Ella se compró un vestido, maquillajes, perfumes y todas esas cosas que hacen de las mujeres, mujeres.
Se vieron una noche, hace seis años. Ella tuvo la precaución de pensar en el futuro, sino vos no estarías acá, y antes de salir para la casa de él guardó un poco de… de eso… ¡ya sabés! No me hagas decirlo, que me da vergüenza. Fue vestida con su ropa nueva, perfumada con sus perfumes nuevos, y maquillada con sus maquillajes nuevos. Si me preguntás, se debería haber visto muy ridícula. Antes no le quedaban tan bien esas cosas. Entonces ella llega a la casa y ya se olía olor a rico, a cocina casera, como la que hace la abuela. Se sobresaltó un poco. El olor la hizo entrar en razón. ¿Realmente lo estaba por hacer? Se contuvo, él no la iba a dejar salirse del asunto. Había pasado por muchos problemas, y capaz que se enojaba. Se sentaron y hablaron un poco. Él noto sus nervios y la tranquilizó. Que había estado estudiando, estaba seguro de que lo iba a poder hacer, le dijo. Ella no se tranquilizó, pero igual se recostó. Levantó su pollera. Y él lo hizo.
Llevó un tiempo, pero finalmente ella sanó y a los médicos no les quedó otra que hacer una cirugía reconstructiva que simulaba, y muy bien, lo que ella siempre quiso tener. Salió en todos los diarios. Fue un caso famoso. El primer hombre que, por amor, se cortó su miembro. Ya estando mejor fue y encaró a Bárbara, la que ahora es tu otra mamá. Siempre la amó, ella también lo quería. Pero no podían intimar, siendo ella lesbiana, vistes… no, no había caso. Así que lo dejó, por más cariño que sintiera. Cuando volvió, bueno… ¿qué mejor prueba de amor? Se juntaron al tiempo. Y al año, más o menos, naciste vos.
Y esa es la historia. ¿Qué se hizo de la vida del otro? Ah, no sé… habría que preguntarle a tu mamá. Ojala que haya disfrutado del guiso.
Disculpen las desprolijidades. Lo escribí en 10 minutos sólo para jorobar. En algún momento me preocuparé de pulirlo.
Recuerdos
Un viaje a la memoria del que poco recuerdo
Recuerdo calurosas caminatas, un sol amarillo y agobiante... y mandarinas. Recuerdo cordones más altos, y veredas más largas. Recuerdo el ciruelo en el patio de la casa de mi abuela, y el árbol de mora blanca custodiado por el cerdo padrillo del viejo Cholo. Recuerdo la plaga de gatos y como me divertía tirándoles piedras. Recuerdo el anuncio de la funeraria, en una ventana sucia, que todos los días decretaba el nombre de los que partían. Recuerdos. Aquí y allá. Fragmentados, tenues y endebles. Trato de sostenerlos, pero se van. Tengo que pensar un rato largo y frustrante para alcanzar alguno. Cualquiera.
Me dicen que de chico, y en Mar del Plata, Sara —una amiga de la familia— me subió a un elefantito, en una calesita. También me dicen que el problema fue sacarme. Al ser yo tan gordito, no podía salir. Estaba atascado. Siempre me cuentan eso, y me rio y se ríen. —¿Te acordás?— me dicen. Y yo digo que sí, que me acuerdo. Pero la verdad es que casi no. Recuerdo, sí, que era una noche fría y vergonzosa. Y que una luz suave brotaba de la calesita. Todo lo demás estaba oscuro. ¿El elefante era rosa? Podría ser, no sé.
Recuerdo que mi abuelo Pepe era un santo, tenía un bigotito y usaba gorros jockey. Todos los domingos hacía asado y reía con humor sano y barato. Recuerdo que el viejo me hacía dormir la siesta enseñándome palabrotas y que me había prometido hacerme un jeep de ladrillos. La muerte lo sorprendió antes, no pudo cumplir su promesa. Y es poco más lo que yo recuerdo. Jugaba al truco, Pepe, ahora que lo pienso. Los domingos o los sábados. Recuerdo que comer un caramelo era todo un acontecimiento. No eran tan baratos, ni accesibles. Cada juguete me traía un nuevo mundo. Y los juguetes eran grandes y lindos. Una foca, una jirafa, un burrito recuerdo que tenía. Autitos y ladrillitos, de esos para armar.
Trato de asirme a esas imágenes. Que no se vayan. —No te podés aferrar al pasado—, dice mi vieja. Pero sabe que nada puede hacer. Para eso había vuelto a mi pueblo, al que tan abandonado había tenido. Un pueblo chico y de veredas cortas. Con tardes que olían a mandarina y al sabor de ciruelas. Gatos por doquier y asado los domingos. Pero ya no es el mismo. No reconozco las caras. La casa en la que me críe está en venta. Y no hay más moras. —¿Vos sos Ferzzola, el hijo de Horacio?— me preguntan asombrados. Contesto afablemente que sí. Pero me duele, no me reconocen. Y crecí a su lado. Mi memoria se desmorona tanto como la de los demás, parece. Y ya no tengo raíces.
Y trato de reconstruir mi pasado, en ese galpón donde mi familia siempre tira todo. —Te vas a ensuciar—, dice mi vieja. No me importa, es lo de menos. Todo por un recuerdo más. Comencé a limpiar, a seleccionar y a recordar. Un libro de cuentos detonó cientos de memorias. Otro, de un lobo que comía cabritos traía un disco. El disco no lo pude encontrar, pero lo recordé. Encontré mi mazo de Titanes en el Ring, y rememoré una tarde de verano, en la playa, con mi familia, cuando éramos familia. Encontré un autito de plástico y jugué de vuelta con él, con un perrito ya muerto hace 20 años. Encontré un muñeco y deambulé nuevamente por el parque ambulante donde lo había ganado.
Tesoros, todos tesoros. Cuidadosamente los embalé, y los volví a guardar. Allí, en un garaje húmedo en un pueblo rural, guardo mis memorias. Guardo mi identidad y mis raíces. Todo entró en una caja.
Y eso es todo lo que recuerdo.
Ese extraño peinado raro
Y mi peinado no es lo único original - le dije. Ella sonrió, pícara, malentendiendo mi intención. –No.- me apresuré a decir. -No me refiero a eso.- Arrugó su entrecejo, haciendo como que trataba de entenderme. Sabía yo que le importaba tres carajos mi historia. Solo quería que le pagara un trago y llevarse su porcentaje. Decidí dejar que se lo ganara. Necesitaba hablar.
-Mi vida. Mi vida es original. O al menos eso es lo que me han dicho.-
-¿Quién te lo ha dicho? – preguntó, sin demasiado convencimiento.
-La gente, los que me rodean. Se sorprenden… - se inclinó en la mesa, mostrándome sus senos contenidos apenas por un corpiño blanco de mala calidad. Levantó una ceja en señal de interrogación. -Soy noctámbulo.- expliqué- Trabajo desde mi casa. Escritor independiente, le dicen. Gano buena guita y nunca me han faltado mujeres. Lo que sorprende es cómo he logrado tener la vida que muchos quieren vistiéndome con remeras raras que se dejaron de fabricar en los ochentas. Con mi malhumor diario y mi desdén hacia los desodorantes. Y mi peinado, claro… nadie entiende porque lo llevo así…
-Bueno- dijo sonriendo – a mi me parece original.
-Eso ya lo dijiste, linda. ¿Me traés otro cortado, por favor?
Se alejó dándome la espalda, moviendo su gordo y celulítico trasero que, grosero, se asomaba desde una desgastada tanga roja.
¿Qué demonios hacía yo allí?, pensé. No era mi clase de lugar, sin dudas. Recordé, entonces, que ningún lugar es mi clase de lugar y me contenté con el pensamiento. Afuera estaba lloviendo.
Esperando el cortado y a mi interlocutora, miré alrededor. Allí estaba el clásico viejo, acurrucado en una mesa del rincón, con el mismo café de hacía unas dos horas, mirando todas esas tetas, culos y piernas que pasaban a su alrededor. No pude encontrar ninguna de sus dos manos apoyadas sobre la mesa.
Más allá estaba el empresario, recién salido de su oficina, con el traje desacomodado, la corbata floja y el celular apagado. Su alianza de casamiento no era excusa para deshacerse de la prostituta que sobaba toda su inmunda carne contra su entrepierna.
Una banda de amigos, todos juntos, en manada, tratando de debutar sosteniéndose en la moral de grupo, gritaban soeces desde el otro lado del puterío. El más pelotudo, seguramente su líder, disfrutaba de la admiración de todos al bailar borracho en medio del semicírculo armado por sus compadres. Tenía su miembro erecto asomando por la cremallera y lo sostenía entre sus manos como si fuera gran cosa. Movía sus pies y su cadera al ritmo de una música que apenas podía ser considerada tal. –Por qué no se masturban en grupo y se ahorran el precio de la entrada- pensé. -Ah, por supuesto, eso sería demasiado gay.- concluí.
La penumbra y el humo de aquel lugar apenas si me dejaba ver alguna otra cosa. Figuras recortadas deambulando sin rumbo, trago en mano, de un lado a otro. Sonrientes clientes llenos de autoestima frente a una mujer que les cobraba por amarlos. Decandentes carnes sextagenarias colgando por doquier, endulzando oídos fáciles de endulzar.
Un perfecto mundo de sacarina. Dulce, pero artificial. De mentiritas.
Estaba prendiendo un cigarrillo cuando Cindy regresó con mi cortado y un whisky para ella. Esta chica de Cindy tenía muy poco, pensé. Y ese whisky saldría de mi bolsillo.
Se sentó frente mío, esperando alguna queja sobre el whisky. No la hubo y tuvo que decir.
-Si no me pagabas algo, me tendría que haber ido a atender algún otro cliente. Aca me exigen…
-Está bien.- la detuve. –No hay problema.-
Sonrió. Cansada y tratando de no parecerlo.
-Me decías que la gente te creía original.-
-Nah, ya no tengo ganas de hablar de eso. ¿Cuál es tu historia?
-¿Mi historia? No tengo ninguna, supongo.
-Todos tienen una historia, Cindy. ¿Cuál es la tuya?
-Chupo pijas por 15 pesos. Esa es mi historia.
-¿Es algo que disfrutás haciendo? - dije sin que se me moviera un pelo.
¿Qué?
-Chupar pijas, digo.
¿Quién podría disfrutar de eso? No hay nada demasiado glamoroso en este trabajo.
Debo decirlo. Que haya elegido esa selección de palabras me sorprendió gratamente, aléntandome a seguir la conversación.
-¿Y por qué lo hacés, Cindy?
-Tengo 45 años, bebé. Tres hijos de un marido borracho. Y ningún estudio. ¿Qué otra cosa podría hacer?
-No te estoy cuestionando, solo trato de entender…
-Te dije, no hay mucho que entender. –dijo un poco enojada. Aliviada, tal vez, por poder decirlo en voz alta y que alguien le pagara por ello.- Necesito plata para vivir. Mis clientes necesitan alguien que se las chupe. Así de simple. Esto abre a las cuatro de la tarde y cierra a las seis de la mañana. Yo vengo a las 15:55, me pongo algún conjunto sexy y dejo que los demás hagan lo que quieran de mi. Siempre y cuando paguen… –se detuvo ante mi fingida cara de espanto.
-Todos tienen un precio, lindo. El mio es 15 pesos por bucal, 25 el completo y 35 el anal.
-Es un poco barato.
-Soy una puta, amor.
-Claro. ¿Y sos feliz?
-No me puedo quejar. Mis hijos pueden estudiar, todos los días tienen un plato de comida sobre la mesa y acabo de terminar mi casita. – pensó durante unos cuantos segundos y agregó decidida. -Sí, soy feliz.
Le pagué mis tres cortados, su whisky, y me aleje de allí. Estaba huyendo, lo sabía. Afuera todavía llovía, pero no me importó. Apenas si sentía el frío, estaba helado por dentro.