Ciegos, sordos y locos
Ver para creer
La barrera del entendimiento humano es abismal. Las palabras están siempre sujetas a una intención, más allá de su significado, y a una interpretación, más allá de su intención. Fuego, en los friolentos, puede evocar calor, pero sufrimiento en los quemados. Negro, como adjetivo, puede ser usado en forma cariñosa o racista. Caliente es sinónimo de cachondo, enojado, de violento o, claro, puede referirse a algo con cierta temperatura. Por eso, el tono y el contexto forman parte importante del lenguaje. Decir "¡que ganas de comerme un buen fiambre!", puede ser un tanto desubicado si se dice en un velorio, pero apropiado para una reunión de amigos.
Y existen más sentires que vocablos; y no suele suceder que tengamos siempre a mano la palabra exacta para lo que queramos decir. Nos conformamos con generalidades, que engloban ciertos estados del alma. Cansancio se usa para cuando nos duelen los pies, tenemos el cuerpo pesado, estamos hartos de una situación, tenemos sueño o no sabemos lo que nos pasa... o sí, sabemos, pero no tenemos una palabra para describirlo. Por supuesto, el cansancio de un montañés que trabaja talando árboles y criando ovejas, no es el mismo que el de un oficinista que rellena formularios todo el día. Pero, sin embargo, para ambos usamos la misma palabra. Cansancio.
¡Y como hemos desvalorizado las palabras! La palabra amigo, por ejemplo, se ha bastardeado tanto, a través de su uso trivial y generalizador, que para algunos ya no tiene significado. Lo mismo con un Te amo, con un Gracias o un Te lo Juro. Ya no existen palabras que con solo invocar uno sabe que los demás hablan en serio. Ni siquiera En Serio, es tan en serio. Ugh.
Según la semiótica, el idioma hasta limita nuestra manera de pensar. Un argentino no piensa igual que un árabe, que un yanqui, que un australiano, ni siquiera piensa igual que un mexicano o un español (aunque comparta el mismo idioma). Una locura.
Pero aquí estamos. Casi a la deriva, aunque yendo para algún lado. Todos juntos. Para bien o para mal. Y por ahora, el lenguaje, limitado como es, es lo único que nos mantiene a flote. Nuestra existencia es como ese juego tonto del Marco Polo; donde dos personas se esconden, con los ojos vendados, e intentan encontrarse. Uno grita Marco, el otro responde Polo. Somos ratones ciegos y sordos, jugando al Marco Polo para sobrevivir en un universo burlón. Un universo que puede estar dándonos todas las respuestas, pero en colores que no podemos ver o sonidos que no podemos escuchar.
Que existen espectros invisibles para el ojo humano, es algo sabido y hasta soportado por la mayoría de las personas. Pero cuando uno ve (o deja de ver) cosas como la que viene a continuación, comienza a desconfiar hasta de sus sentidos.

Imaginen lo limitados que somos si no podemos ver que dos colores son iguales, porque hay una figura verde en el cuadro (o por la razón que fuese). Imaginen todo lo que se nos puede estar escapando. Piensen en todo lo que puede estar pasando más allá de nuestra percepción, sin que nos percatemos. Y es más desesperante si le sumamos que los humanos sólo podemos oír las frecuencias dentro del rango que va desde los
Nada. Supongo que lo que quiero decir es que no nos sorprendamos por las cosas que pasan en este mundo loco loco. Ciegos, sordos y locos vamos tanteando, a duras penas, algo que nos mantenga en camino. Vamos balbuceando, chocando los bastones entre sí y tropezando con los abismos que nos separan. En un escenario así, la guerra ya es un milagro. Y lo único que nos mantiene en pie es un desquiciado juego de Marco Polo.
Para seguir pensando


