No pretendo agradarles

Así que pueden confiar en mi

2.15.2005

Ciegos, sordos y locos

Ver para creer

La barrera del entendimiento humano es abismal. Las palabras están siempre sujetas a una intención, más allá de su significado, y a una interpretación, más allá de su intención. Fuego, en los friolentos, puede evocar calor, pero sufrimiento en los quemados. Negro, como adjetivo, puede ser usado en forma cariñosa o racista. Caliente es sinónimo de cachondo, enojado, de violento o, claro, puede referirse a algo con cierta temperatura. Por eso, el tono y el contexto forman parte importante del lenguaje. Decir "¡que ganas de comerme un buen fiambre!", puede ser un tanto desubicado si se dice en un velorio, pero apropiado para una reunión de amigos.

Y existen más sentires que vocablos; y no suele suceder que tengamos siempre a mano la palabra exacta para lo que queramos decir. Nos conformamos con generalidades, que engloban ciertos estados del alma. Cansancio se usa para cuando nos duelen los pies, tenemos el cuerpo pesado, estamos hartos de una situación, tenemos sueño o no sabemos lo que nos pasa... o sí, sabemos, pero no tenemos una palabra para describirlo. Por supuesto, el cansancio de un montañés que trabaja talando árboles y criando ovejas, no es el mismo que el de un oficinista que rellena formularios todo el día. Pero, sin embargo, para ambos usamos la misma palabra. Cansancio.
¡Y como hemos desvalorizado las palabras! La palabra amigo, por ejemplo, se ha bastardeado tanto, a través de su uso trivial y generalizador, que para algunos ya no tiene significado. Lo mismo con un Te amo, con un Gracias o un Te lo Juro. Ya no existen palabras que con solo invocar uno sabe que los demás hablan en serio. Ni siquiera En Serio, es tan en serio. Ugh.
Según la semiótica, el idioma hasta limita nuestra manera de pensar. Un argentino no piensa igual que un árabe, que un yanqui, que un australiano, ni siquiera piensa igual que un mexicano o un español (aunque comparta el mismo idioma). Una locura.
Pero aquí estamos. Casi a la deriva, aunque yendo para algún lado. Todos juntos. Para bien o para mal. Y por ahora, el lenguaje, limitado como es, es lo único que nos mantiene a flote. Nuestra existencia es como ese juego tonto del Marco Polo; donde dos personas se esconden, con los ojos vendados, e intentan encontrarse. Uno grita Marco, el otro responde Polo. Somos ratones ciegos y sordos, jugando al Marco Polo para sobrevivir en un universo burlón. Un universo que puede estar dándonos todas las respuestas, pero en colores que no podemos ver o sonidos que no podemos escuchar.

Qué ves cuando me ves
Que existen espectros invisibles para el ojo humano, es algo sabido y hasta soportado por la mayoría de las personas. Pero cuando uno ve (o deja de ver) cosas como la que viene a continuación, comienza a desconfiar hasta de sus sentidos.



Para los analfabetos globales, lo que dice ahí es: "El cuadrado marcado A, y el cuadrado marcado B, son del mismo grado de gris. ¡Es verdad!" Y sí, es verdad. Los más desconfiados, si no lo creen, pueden guardar la imagen y checar los valores con Photoshop. Ambos cuadrados tienen un valor de 106 en rojo, verde y azul. Los animo a experimentar.
Imaginen lo limitados que somos si no podemos ver que dos colores son iguales, porque hay una figura verde en el cuadro (o por la razón que fuese). Imaginen todo lo que se nos puede estar escapando. Piensen en todo lo que puede estar pasando más allá de nuestra percepción, sin que nos percatemos. Y es más desesperante si le sumamos que los humanos sólo podemos oír las frecuencias dentro del rango que va desde los 20 a los 20.000 hertzios. Todos los demás sonidos se nos escapan. ¡Hasta un perro escucha más y mejor que nosotros! Somos bien chiquitos, bien primitivos, incapaces de ver las respuestas aunque las tuviéramos frente a nuestros ojos. ¿Quién sabe? Hasta podría existir un Dios, que desde su cielo nos grita la salvación. Pero no lo escuchamos. Y puede ser que no sea por una cuestión de fe, sino porque no podemos...

Nada. Supongo que lo que quiero decir es que no nos sorprendamos por las cosas que pasan en este mundo loco loco. Ciegos, sordos y locos vamos tanteando, a duras penas, algo que nos mantenga en camino. Vamos balbuceando, chocando los bastones entre sí y tropezando con los abismos que nos separan. En un escenario así, la guerra ya es un milagro. Y lo único que nos mantiene en pie es un desquiciado juego de Marco Polo.


Para seguir pensando

2.08.2005

Teléfonos Celulares

No causarán cáncer, pero rompen las pelotas

Odio los celulares. Los odio porque, por donde vea, hay un boludo hablando con -o mirando por la pantalla de un- celular. Suenan en el colectivo, en el cine, en la calle y en el bar. Los odio porque suenan en mi casa, cuando se cuela alguno de entre mis visitas; y suena un teléfono -EN MI CASA- que no es el mío. Suenan, suenan y suenan. ¡Y ahora suenan con musiquitas! Los odio porque son invasivos, chiquitos e indetectables y pueden sonar en cualquier momento. Los odio porque siempre hay gente que se los olvida prendidos en momentos que deberían estar apagados, y suenan. Los odio porque muchos, más que como una herramienta de comunicación, lo usan para ostentar un status social que vaya uno a saber si tienen -y si lo tienen, no me importa-. Los odio porque desde que vienen con pantalla y cámara todos los imbéciles ven la realidad en 8 x 5, como si fuera nueva o mejor a la que teníamos antes. Los odio porque "tener un celular te hace más cool". Los odio y los odio tanto y por tantas razones diferentes que mi odio podría consumirme si las escribiera todas.
Disfruto tanto de mi soledad, que la idea de estar accesible donde vaya, cuando sea que vaya, me pone loco -y super paranoico-. Los celulares más que libertad, te atan al capricho de todos los que tengan tu número. Me jode mucho que la conversación que estoy manteniendo con la persona que tenga enfrente se vea interrumpida porque le suena el celular. Me parece de muy muy mala educación. Me super molesta que suene en los lugares, y los momentos, menos adecuados. Me jode que sean tan invasivos, y que a nadie le importe.
Sí, las razones de mi odio son muy personales y arbitrarias. Y se basan en un 100% en mi intolerancia hacia todo aquel que no piense como yo. Así que, sí, me tome la molestia de investigar un poco... y hete aquí lo que encontré.

La Móvildependencia
“Un estudio realizado en Gran Bretaña, cuyas conclusiones fueron publicadas en 2000 por la revista médica British Medical Journal, señala que los cigarrillos están siendo sustituidos por teléfonos móviles en las manos de la población adolescente y que la conducta de éstos respecto a los celulares es igual de obsesiva y adictiva que con el tabaco.”, dice en una nota de ElMundo.es
“La móvildependencia genera estrés, sudor y ansiedad (…) Así, los adolescentes son capaces de llamar de tres a cinco veces a una persona con la que se han citado, sólo para avisar que van en camino. Otro relevamiento británico, realizado por la universidad de Lancaster, mostró que uno de cada tres usuarios está “enganchado” a su móvil. Según el estudio, efectuado sobre 150 mil usuarios, los más afectados a la móvil dependencia se sienten mal si se alejan a unos metros de sus teléfonos, envían decenas de mensajes por día y lo utilizan como calendario y despertador.”, se lee en la nota de Oberaonline.com.ar.
“No sólo por el consumismo atroz, la incultura sms (el vocabulario de algunos, a raíz de la móvil manía ha decaído de forma alarmante) y los politonos, sino por el aislamiento que está generando entre parte de la sociedad, que supuestamente, está buscando comunicación: cada vez se me hace más normal ver dos amigos, una pareja...sentados en un banco, cada uno mandando un sms, sin intercambiar mirada alguna, palabra alguna.”, asegura un tal Siddartha, en un blog que habla del mismo tema. Y yo no puedo esta más de acuerdo.

Una traba en la evolución
Recuerdo haber leído, y me frustra mucho no recordar más, un artículo en la Revista de La Nación, sobre la influencia de los teléfonos celulares en la evolución humana. Aquel artículo hablaba de como el humano, al tener todas las respuestas en la palma de su mano y con sólo discar un par de números, podría dejar de pensar críticamente y así afectar su capacidad para resolver problemas. No hay dudas que la superación viene del conflicto. Pero, con un celular en la mano, hasta las tareas más simples podrían ser superadas sin pensar. Sólo habría que llamar a alguien idóneo para la tarea a realizar, ¡y listo! Al escaparle al conflicto, al no enfrentar los problemas, el ser humano, poco a poco, podría perder su capacidad analítica. Se estupidizaría, bah.
Si pueden facilitarme algún dato más del tema, se los agradecería.

Como sea, por las razones que sea, más o menos lógicas, más o menos ciertas, odio los celulares. Los odio con todo mí ser. No niego que es una herramienta cuya utilidad, con un uso controlado, es insuperable. Pero, como siempre, la masa descerebrada transforma algo que podría beneficiar a todos, en una molestia constante.


¿Qué pasará en el futuro? Nadie lo sabe, pero Durgan A. Nallar, cuentista extraordinario, se anima a bosquejarlo. Ciencia Ficción de la buena, en un cuento que no es lo suficiente para Axxón –revista literaria que ha publicado otros cuentos de Durgan-, pero sobra para este blog. Para leer Comunicada, hacer click aquí.


Para seguir pensando

Lean y tiemblen