No pretendo agradarles

Así que pueden confiar en mi

11.08.2005

¿Qué se dice...?

Pulcros y perfumados, pavoneándose, caminaban, tomados de la mano. Reían risas vacías, ebrias. Sus ojos brillantes, sus pasos errantes, sus olores ácidos. Tambaleándose, ensayando poses obscenas, creían transgredir alguna ley imaginaria que solo debía existir en sus mentes. Sus gritos despertaban a los vecinos, quienes murmuraban imprecaciones para luego seguir durmiendo. Y reían, reían estrepitosamente. Con la boca abierta de par en par, como nadie ríe.
El, un hombre maduro que rozaba los sesenta años de edad, pero tratando de aparentar cuarenta y tantos. Dientes pulidos, un blanco pío. Pelo agrisado, corte de coiffeur. Traje gris de diseñador, corbata a juego.
Ella, una cazadora de fortunas en su último intento. Rubia teñida. Pechos caídos. Sensualmente reconstruida. Amplia sonrisa fija siempre en su cara. Cama solar y arrugas de sol. Aliento de nicotina.
Habían salido de una fiesta top, el casamiento de alguna estrella, cuando el alcohol les sugirió que no sería mala idea buscar un hotel y encerrarse hasta que se les acabara el Viagra o la suerte. Lo que viniese primero. Pero si había alguno en las inmediaciones, ellos no lo habían visto. Para disfrute de ambos, el barrio por el que transitaban no era, lo que se dice, para gente de su status. Se sentían superiores a todo lo cuanto les rodeaba y saboreaban la situación con una mutua aceptación tácita.
La calle estaba desierta. Las bolsas de basura abiertas. Los rincones oscuros. Las voces calladas. Los autos extintos.

- ¿Dónde mierda podemos encontrar un hotel acá?- dijo el hombre en un perfecto ejercicio de retórica.

- No sé, igual... no creo haya nada de categoría.- respondió ella, agriando la cara.

- Bah, como sea, Mirian... estoy tan caliente que te la podría meter aquí mismo.

- ¡Qué guarro eres, Johnny!

Y rieron, otra vez, estrepitosamente. Con la boca abierta de par en par, como nadie ríe.

Y pasaron los minutos, las cuadras se los tragaban paso a paso. Las sonrisas se fueron apagando. La lujuria fue desapareciendo. Cansados, pensaron en rendirse. Perdidos, ya no les importaba la idea del hotel. Solo querían volver a las comodidades que su clase social podía ofrecerles. Cuando, en las sombras, a la entrada de un comercio, vieron unos cartones moverse.

-¡Qué asco! un vago...- dijo Mirian señalando despectivamente con la mano, luego del sobresalto

-Preguntémosle, tal vez sepa como salir, por lo menos, a una calle conocida.- comenta el tal Johnny

-¡Oiga!- gritó. La montaña de mugre se estremeció. Y de los montones de basura, una sucia cara rodeada por una rala y desprolija barba asomó-. ¿Alguna parada de taxis por acá? ¿Remises? Algo...

Primero sin entender nada, luego volviendo a la realidad, con la voz pastosa, el vago respondió:

-Siga derecho unas diez cuadras que sale a una avenida...

-Hmffff...- gruñó la mujer sin darle tiempo a terminar y arrastrando a su pareja por el brazo.

Y siguieron su camino, sin más. Pero no llegaron a dar tres pasos cuando, de la nada, partiendo la realidad para volverla a recomponer infinidad de veces, una voz aulló indignada.

-¿¡Qué se dice!?

Por un momento eterno, los segundos dejaron de correr, las luces de alumbrar, los sonidos de escucharse. Para Johnny, para Mirian y el vagabundo, por unos instantes, las leyes del universo fueron otras. Luego, con el silencio, volvió la cordura. Y de las sombras, el extraño se hizo presente. Vestía una gabardina pasada de moda. Unos pantalones largos, camuflados urbanos. Botas lustrosas y acordonadas. Una remera negra en la que se leía: "Shit Happens!". Y un sombrero de ala baja que hacia imposible la contemplación de sus rasgos. Su cara era una sombra, densa y profunda.

-¿¡Qué se dice!?- preguntó el extraño nuevamente. Dos peligrosos brillos, donde deberían estar sus ojos, estremecieron a los tres atónitos espectadores.

Apenas pudiendo articular, todavía sobresaltado y sorprendido, aterrado, Johnny dijo arqueando la cabeza:

-¿Perdón?

-¿Que qué se dice?- El peligro cobró vida y forma en esa voz.

-No entiendo...-balbuceó

A una velocidad imposible, el extraño agarró a la mujer por los pelos. Histérica del miedo, Miriam comenzó a patalear sin éxito. La fuerza de aquel ser estaba mas allá de la comprensión de los presentes. El vagabundo se acurrucó en sus cartones. Johnny comenzó a llorar como un bebé.

-¿Qué se dice?- preguntó el extraño, más tranquilo, más amenazante.

-Dinero, ¿es eso lo que quiere? ¡Tengo mucho dinero! Pero no nos haga daño -lloró Johny.- Mire -continuó mientras se metía la mano en el bolsillo izquierdo- tome, aquí tiene dinero... y mi tarjeta de crédito... todo... tome... es suyo...
El extraño, con la mano libre, golpeó la cara de la mujer. Se escuchó un ruido seco. Sangre, mucosidad y lágrimas reemplazaron el rostro que antes pretendía ser bonito. Los lloriqueos se convirtieron en gorjeos acuosos. El hombre desesperó. El vagabundo gimió y se tapó la cara con una manta demasiado sucia.

-¿¡Qué se dice!? ¡He dicho!- rugió

-Oh Dios...-gimió Johnny arrodillado, rogando con las manos- no entiendo...

Sin más, Mirian yacía en el piso, con el cuello roto, en una posición imposible. El extraño escupió al suelo, justo donde la mano de la mujer todavía se convulsionaba, y avanzó lentamente hacía Johnny. El hombre se paralizó y el orín comenzó a deslizarse por sus muslos, hasta inundar sus zapatos y mojar la vereda. El olor a miedo llenó la atmósfera. El extraño sacó un cuchillo de uno de los bolsillos de su gabardina y lo colocó justo en la marcada nuez de Johnny. Una gota de sangre rozó el filo de la hoja.

-¿¡Qué se dice, basura!? ¡Decilo o morí!

-¡Yo digo lo que sea! ¡Yo digo lo que sea! Pero no sé a que se refier...- pero Johnny cayó al suelo, con el cuchillo hundido en un costado, sin terminar la frase.

Y en las puertas de la muerte, al hombre se le iluminaron los ojos en inconfundible señal de comprensión. Con los ojos perdidos, todavía respirando, pero con la certeza de que le quedaban segundos de vida, Johnny miró al extraño sabiendo la respuesta. Y, con su último suspiro, exhaló un...

- Graciasssss...

El extraño miró al vagabundo. Expectante.

- De nada... - balbuceó este.

Y se dio por conforme. Bajó el ala de su sombrero y comenzó a irse ante la incrédula mirada del único sobreviviente. Y se fue perdiendo en la oscuridad, con las manos en el bolsillo y la vista baja, reflexionando. Pero, justo cuando el vago estaba por suspirar aliviado, el extraño se paró en seco y miró la situación por sobre su hombro. Observó a la mujer muerta, luego a Johnny. Después, su mirada se posó sobre la deshecha cama de cartón, bolsas y mugre, sobre el vagabundo. Y sus ojos brillaron, otra vez, en señal de peligro.

Y partiendo la realidad para volverla a recomponer infinidad de veces, una voz aulló indignada.

-¿¡Qué se dice!?