No pretendo agradarles

Así que pueden confiar en mi

9.02.2005

Recuerdos

Un viaje a la memoria del que poco recuerdo

Recuerdo calurosas caminatas, un sol amarillo y agobiante... y mandarinas. Recuerdo cordones más altos, y veredas más largas. Recuerdo el ciruelo en el patio de la casa de mi abuela, y el árbol de mora blanca custodiado por el cerdo padrillo del viejo Cholo. Recuerdo la plaga de gatos y como me divertía tirándoles piedras. Recuerdo el anuncio de la funeraria, en una ventana sucia, que todos los días decretaba el nombre de los que partían. Recuerdos. Aquí y allá. Fragmentados, tenues y endebles. Trato de sostenerlos, pero se van. Tengo que pensar un rato largo y frustrante para alcanzar alguno. Cualquiera.

Me dicen que de chico, y en Mar del Plata, Sara —una amiga de la familia— me subió a un elefantito, en una calesita. También me dicen que el problema fue sacarme. Al ser yo tan gordito, no podía salir. Estaba atascado. Siempre me cuentan eso, y me rio y se ríen. —¿Te acordás?— me dicen. Y yo digo que sí, que me acuerdo. Pero la verdad es que casi no. Recuerdo, sí, que era una noche fría y vergonzosa. Y que una luz suave brotaba de la calesita. Todo lo demás estaba oscuro. ¿El elefante era rosa? Podría ser, no sé.

Recuerdo que mi abuelo Pepe era un santo, tenía un bigotito y usaba gorros jockey. Todos los domingos hacía asado y reía con humor sano y barato. Recuerdo que el viejo me hacía dormir la siesta enseñándome palabrotas y que me había prometido hacerme un jeep de ladrillos. La muerte lo sorprendió antes, no pudo cumplir su promesa. Y es poco más lo que yo recuerdo. Jugaba al truco, Pepe, ahora que lo pienso. Los domingos o los sábados. Recuerdo que comer un caramelo era todo un acontecimiento. No eran tan baratos, ni accesibles. Cada juguete me traía un nuevo mundo. Y los juguetes eran grandes y lindos. Una foca, una jirafa, un burrito recuerdo que tenía. Autitos y ladrillitos, de esos para armar.

Trato de asirme a esas imágenes. Que no se vayan. —No te podés aferrar al pasado—, dice mi vieja. Pero sabe que nada puede hacer. Para eso había vuelto a mi pueblo, al que tan abandonado había tenido. Un pueblo chico y de veredas cortas. Con tardes que olían a mandarina y al sabor de ciruelas. Gatos por doquier y asado los domingos. Pero ya no es el mismo. No reconozco las caras. La casa en la que me críe está en venta. Y no hay más moras. —¿Vos sos Ferzzola, el hijo de Horacio?— me preguntan asombrados. Contesto afablemente que sí. Pero me duele, no me reconocen. Y crecí a su lado. Mi memoria se desmorona tanto como la de los demás, parece. Y ya no tengo raíces.

Y trato de reconstruir mi pasado, en ese galpón donde mi familia siempre tira todo. —Te vas a ensuciar—, dice mi vieja. No me importa, es lo de menos. Todo por un recuerdo más. Comencé a limpiar, a seleccionar y a recordar. Un libro de cuentos detonó cientos de memorias. Otro, de un lobo que comía cabritos traía un disco. El disco no lo pude encontrar, pero lo recordé. Encontré mi mazo de Titanes en el Ring, y rememoré una tarde de verano, en la playa, con mi familia, cuando éramos familia. Encontré un autito de plástico y jugué de vuelta con él, con un perrito ya muerto hace 20 años. Encontré un muñeco y deambulé nuevamente por el parque ambulante donde lo había ganado.

Tesoros, todos tesoros. Cuidadosamente los embalé, y los volví a guardar. Allí, en un garaje húmedo en un pueblo rural, guardo mis memorias. Guardo mi identidad y mis raíces. Todo entró en una caja.

Y eso es todo lo que recuerdo.

1 Comments:

At 4:39 PM, Blogger Connita said...

Y siguen escapándose las lágrimas, sin importar cuantas veces lo lea. Y con el corazón hecho una pasa de uva chupo el mate, ausente y añorante, melancólica y emocionada, buscando tal vez mis propios recuerdos perdidos... Aunque lo curioso es, que me gusta más releer los tuyos.
Excelente, triste y sonriente, amargo y dulce, una porción de humanidad a la deriva... Y se me siguen cayendo las lágrimas

 

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